Festejando a Poe después de 170 años
Hace unos años escribí un ensayo para participar en un homenaje a Edgar Allan Poe en el Coloquio Internacional “Edgar Allan Poe en la literatura hispanoamericana”, Segundo Centenario de su Nacimiento (1809-2009) que se hizo en Malinalco.Comparto lo que pensaba entonces.
¿Cuál es el crimen de “El hombre de la multitud”?
Este ensayo se sitúa en el cuento “El hombre de la
multitud” de Edgar Allan Poe y tiene la finalidad de responder en qué consiste
el crimen cometido por este hombre; sospechando que hay un segundo crimen detrás
de él.
Acompañada por la lectura que hace el filósofo alemán
Walter Benjamin del flaneur y los pasajes parisinos en su ensayo “El París del
Segundo Imperio en Baudelaire”, propongo que “el hombre de la multitud” aparece
como el último vestigio de este personaje, víctima del desarrollo del
capitalismos moderno.
Veamos cómo se puede llegar a ello.
El cuento nos sitúa en el ambiente
citadino londinense del siglo XIX, el cual mueve la curiosidad del narrador, un
hombre que acaba de aliviarse de una enfermedad y decide salir por primera vez
en una tarde de otoño al encuentro con la ciudad. Describe que después de
varios meses de reposo, tiene interés inquisitivo por todo lo que le rodea.
Sentado junto a la ventana de un café, mira el periódico y de vez en cuando a
la gente dentro del local. Poco a poco, su mirada se posa en la multitud que
pasa por detrás de la ventana. Conforme oscurece y las lámparas de gas se
encienden, la multitud se hace más densa y forma una doble corriente que avanza
presurosamente.
En este punto, el narrador describe
detalladamente la multitud que observa, presentándola en sus diferentes tipos y
delineándola en su conjunto. Por un lado, la multitud se exhibe como una mezcla
de personajes, tanto empleados y oficinistas como abogados, traficantes y
comerciantes. Por ejemplo, aparece la clase de los empleados superiores de las
firmas sólidas de la manera siguiente: “La división formada por [ellos] era
inconfundible. […] Todos […] mostraban señales de calvicie, y la oreja derecha,
habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente
separada.”[1]
Por otro lado, la multitud es dibujada
por la forma en que se mueve:
La
mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y
sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento. Fruncían
las cejas y giraban vivamente los ojos; cuando otros transeúntes los empujaban,
no daban ninguna señal de impaciencia, sino que se alisaban la ropa y
continuaban presurosos. Otros, también en gran número se movían incansables,
rojos los rostros, hablando y gesticulando consigo mismos como si la densidad
de la masa que los rodeaba los hiciera sentirse solos. Cuando hallaban un
obstáculo a su paso cesaban bruscamente de mascullar pero redoblaban sus gesticulaciones,
esperando con sonrisa forzada y ausente que los demás les abrieran camino.
Cuando los empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y
parecían llenos de confusión.[2]
Esta descripción bien podría corresponder con la de
las personas alcoholizadas o con algún tipo de trastorno a los ojos de un
observador externo[3] y, sin
embargo, se corresponde con “gentilhombres” que muestran un aislamiento de casa
uno en sus intereses privados no tanto por sus comportamientos, sino por la
uniformidad de sus vestimentas y de su conducta.
Esta conducta responde a un automatismo que bien
podría compararse con el del obrero en la fábrica, quien repite sus movimientos
mecánicamente al compás de la máquina (recuérdese la escena de Chaplin en
“Tiempos modernos”). Así pues, se puede delinear el carácter de la multitud:
responde a la vida privada en la vía pública, es decir, los individuos que
conforman la multitud mantienen una ambivalencia entre lo público y lo privado.
Por un lado, cada individuo conserva su personalidad en el momento en que se
dirige hacia algún lado, balbucea y gesticula para sí mismo proyectando su
autonomía, pero por el otro, esas mismas gesticulaciones se comparten con los
otros, aparecen como automatismos, como se ha mencionado. Públicamente,
muestran la repetición de los gestos, las atenciones y amabilidades con los
otros.
Ahora bien, la multitud se pone en juego dentro de
las ciudades modernas a partir del siglo XIX y ahí mismo aparece un personaje
especial que, me parece, tiene parentesco con aquel hombre extraño que se
desenvuelve en la multitud: el flâneur, quien aparece con el primer desarrollo
de la industria de este siglo y sus nuevas construcciones.
La ciudad y
los Pasajes: flâneur y multitud
En la ciudad del siglo XIX, aparecen nuevas
construcciones que reflejan el desarrollo de la producción capitalista: los
Pasajes.
Estos surgen como espacios para el consumo, evasión,
tiempo libre y como lugar inaugural en el que se hace posible el “vagabundeo”.
Francia e Inglaterra fueron los primeros en construir estos lugares como
símbolo de “civilización”.
Los Pasajes eran lugares para la exhibición y venta
de mercancías y bienes de lujo. Eran construcciones hechas de hierro con techos
de vidrio que se montaban como altares para las mercancías. En el interior, las
paredes y los locales tenían elaboraciones de mármol y bronce bruñido, con
adornos exagerados entre alfombras, jardines de palmeras, réplicas de animales
y paisajes tropicales. Las mercancías expuestas daban la impresión de abundancia
y provocaban la ensoñación ante los consumidores al ser expuestas mediante un
recubrimiento de cristal que las convertía en anuncios de sí mismas, al mismo
tiempo que las alejaba de sus condiciones de producción.
Estos centros elegantes de la vida burguesa alojaban
cafés, burdeles, tiendas de lujo, departamentos, exhibiciones de comida, moda y
de muebles, galerías de arte, librerías, panoramas, teatros, baños, puestos de
diarios, casas de juego, clubes privados. Su arquitectura articulaba una tensión
entre lo público y lo privado, pues eran edificios con interiores cerrados y
sin embargo, a través de sus techos vidriados se podía observar el cuelo que
daba la sensación del espacio abierto, exterior.
Las luces de gas se utilizaron por primera vez para
iluminar los Pasajes, por los que desfilaban diferentes figuras: financistas,
jugadores, bohemio, flâneur, conspiradores políticos, dandis, prostitutas,
criminales, quienes entraban en su interior con la sensación de encontrarse en
el exterior, caminando por las calles de la ciudad. En este sentido, Benjamin
dice citando una guía ilustrada del París del 1852:
Los
Pasajes, una invención reciente del lujo industrial, son unos corredores
protegidos con techo de vidrio y revestidos de mármol, que atraviesan masas
enteras de casas cuyos propietarios se han unido para impulsar tales
especulaciones. A ambos lados de estos corredores, cuya luz entra por arriba,
se suceden las tiendas elegantes, con lo cual un pasaje es una ciudad, un mundo
en pequeño.[4]
Igualmente, los Pasajes reflejaban la pertenencia de
clase pues aunque estaba abierto a todo público, la manera en que se
experimentaba el espacio estaba determinado por sus diferencias. La burguesía
podía ver en ellos una ocasión para exhibirse a sí misma, para modelar mostrar,
usar y comprar las mercancías. En cambio, para la clase trabajadora, los
Pasajes representaban la ocasión para mostrar su propia miseria, su condición
de generador de mercancías para la clase dominante que se le presentaba no como
alerta de su condición sino como enajenación, pues las mercancías en exhibición
emanaban un halo casi religioso que las hacía apetecibles a cualquiera para su
contemplación y adoración.
Ahora bien, la importancia de los Pasajes también se
reflejó en la aparición de un nuevo personaje citadino: el flâneur (el
paseante, el que vagabundea), pues las calles estrechas de la ciudad ponían en
peligro al transeúnte frente a los automóviles[5]
y, en cambio, los Pasajes ofrecían calles por las cuales transitar sin riesgo
alguno.
En flâneur no vagabundea en cualquier parte de la
ciudad, sino que requiere de las calles anchas que ofrecen los Pasajes para
tener margen de maniobra frente a los automóviles,, “se encuentra a sus anchas
en este mundo”[6]. Contempla
mientras vaga la variedad de bienes y personas de lujo desplegadas frente a él,
disfruta y se siente cómodo cuando callejea. Es protagonista de los Pasajes y
hace de este mundo su escenario, entre sus calles se siente como en casa.
Como ya se ha mencionado, los Pasajes son una mezcla
ambivalente entre la calle y el interior, en este sentido, es que la calle se
vuelve la morada del flâneur pues asó como el burgués se encuentra en casa
dentro de sus cuatro paredes, así el flâneur entre las fachadas de las calles:
“Para él las placas esmaltadas de los comercios son un adorno de pared tan
bueno y mejor que para el burgués un cuadro al óleo colgado en el salón.”[7]
La burguesía, dentro de sus cuatro paredes, intenta
dejar huella de su individualidad, cosa que el desarrollo de las grandes
ciudades y sus multitudes empieza a borrar:
Así,
toma las huellas, incansable, a una enorme cantidad de objetos; busca fundas y
estuches para pantuflas y relojes de bolsillo, como para termómetros y
hueveras, y para cubiertos y paraguas. Prefiere forros de felpa y terciopelo,
que conservan la huella de todo tacto.[8]
La burguesía tiene miedo de perder su identidad, algo
que el flâneur tiene sin cuidado pues, al vivir entre la multitud sin sufrirla,
ésta se le presenta como refugio al no sentirse cómodo en la sociedad. Es un
antisocial. Se mezcla con la multitud sin importarle borrar toda huella de sí
mismo y convertirse en un incógnito; no obstante, sin confundirse con ella. Lo
más importante a destacar de este personaje es que al perderse entre la ciudad
y los Pasajes, no se convierte en parte de la multitud, la cual se enajena en
ellos, sino que trata de comprender los significados que la ciudad va poniendo
en su camino: los rótulos de las calles le hablan, es experto en escaparates y
adoquines; en este sentido, es que Benjamin dirá que el flâneur sale a la calle
a “hacer botánica”. Está ahí para leer la ciudad que se le presenta como un
texto a descifrar y del cual hará un diagnóstico, una crítica.
Crimen del
hombre de la multitud
Cuando se dice que el flâneur es aquel que no está
cómodo en la sociedad y que por eso busca la multitud, me parece que se puede
aludir al hombre descrito por el narrador del cuento de Poe, “un anciano
decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años”[9],
aquel a quien se persigue un día completo pues se encuentra en su rostro una
expresión que intriga y parece demoníaca. El viejo callejeante muestra una
aparente ambivalencia entre el ánimo, la agitación, la inquietud y la
vacilación. El narrador nos hace notar que durante la persecución, el viejo, al
que hace referencia unas veces como extraño otras como extranjero, tiene
ciertos comportamientos que se definen por su acercamiento o su alejamiento de
la multitud:
Entramos
al fin en una calle transversa, que aunque muy concurrida no estaba tanto como
la que acabábamos de abandonar. Inmediatamente advertí un cambio en su actitud.
Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar.
[…] La calle era angosta y larga y la caminata duró casi una hora, durante la
cual los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que
habitualmente puede verse al mediodía en Broadway, cerca del parque. Un nuevo
cambio de dirección nos llevó a una plaza brillantemente iluminada y rebosante
de vida. El desconocido recobró al punto su actitud primitiva[10].
[…] Otra vez pareció reanimarse[11].
Además, su andar entre la multitud no tiene motivo
aparente. El extranjero anda de un lado a otro buscando la multitud. En el
momento en que ésta desaparece, se siente incómodo, se agita, vacila y busca
otra en la cual perderse. Esta actitud coincide con las antes descritas para el
flâneur y, sin embargo, no mantiene una coincidencia total, pues el flâneur no
se mueve entre las calles de una ciudad sino en las calles que le ofrece el interior
de los Pasajes, donde los transeúntes no forman tales aglomeraciones como las
describe el narrador, sino que son multitudes pequeñas entre las que se puede
pasear, vagabundear a gusto. Benjamin dice sobre esta posibilidad que “hacia
1840, fue pasajeramente de buen todo llevar por los pasajes de paseo algunas
tortugas. El flâneur dejaba de buen grado que éstas prescribieran el que era su
tempo.”[12]
Es en este sentido que el apretujamiento que implica las grandes multitudes
pone en evidencia la imposibilidad del callejeo de este personaje.
Esta imposibilidad surge en el momento en que la
ciudad sufre cambios drásticos en la disposición de sus espacios. Hacia
mediados del siglo XIX, aparecieron los bulevares, basándose en el modelo
hausmanniano de remodelación de París, la cual se extendió por todo el mundo.
Grandes avenidas sustituyeron las calles estrechas por las que transitaba poca
gente y los Pasajes fueron demolidos o abandonados por completo. Los bulevares,
en es sentido, permitieron el tránsito de grandes multitudes, implicando el
atasco del espacio y la aniquilación de cualquier tipo de vagabundeo.
Es por eso que la actitud del hombre de la multitud
no puede ser de total agrado, sino que debe andar de un lado a otro buscando el
lugar que antes le pertenecía y que ahora sólo encuentra momentáneamente en
ciertas tiendas y bazares, que se hayan separados unos de otros, mostrándose
como la “ultimo comarca” pues deambula entre las mercancías que le ofrecen como
antes en el laberinto urbano de la calle interior de los Pasajes.
Por otro lado, las calles se le vuelven extrañas, ya
no tiene casa en la cual alojarse. Y aunque mantiene la actitud del flâneur, al
que le gusta perderse en la multitud, sin embargo, su disposición actual le
molesta.
Bajo este panorama, cabe preguntarse ¿cuál sería el
crimen de este hombre cuando aparenta más bien ser víctima de lo dicho hasta
aquí?
Poe abre el cuento con una frase extraña: “Bien se ha
dicho de cierto libro alemán que “no se deja leer [er lässt sich nicht lesen]”.[13]
Dicha expresión la asocia de inmediato con la actitud de los hombres que se
encuentran en el lecho de muerte, lugar en el que se confiesan, y al mismo
tiempo, se ocultan los más profundos secretos, la esencia de todo crimen. Esto
quiere decir que el crimen queda sin ser expresado, por un lado, porque la
conciencia de los hombres a veces carga con un horror tan grande que sólo puede
ser arrojado a la tumba sin ser revelado y, por otro, porque el ocultamiento
mismo queda sin ser revelado.
El crimen del hombre de la multitud consiste
justamente en esto, en que “no se deja leer”, la expresión que mueve al
narrador a comenzar su persecución es la misma que finalmente quedará oculta
pues se dice: “Sería en vano seguirlo, pues nada más aprenderé sobre él y sus acciones.
El peor corazón del mundo es un libro más repelente que el Hortulus Animae, y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios el
que “no se deja leer” [er lässt sich
nicht lesen].”[14] En este
sentido, el que se diga que “no se deja leer” también quiere decir que queda
oculta toda huella que pueda identificarlo. Como se ha dicho, la multitud
adquiere relevancia en la medida en que se convierte en la disipación de toda
huella. Un hombre que quiere borrar su huella tiene algo que ocultar y el
ocultamiento mismo es la esencia del crimen, por tanto, podría decirse que el
crimen del hombre de la multitud también está asociado con que no puede estar
solo, es decir, que busca la multitud en la que borra toda huella de su crimen,
pues como continúa el narrador: “El viejo representa el arquetipo y el genio
del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es
el hombre de la multitud.”[15]
Finalmente, me parece que es este mismo crimen que lo
convierte también en víctima. El extraño que se encuentra entre la multitud es
el último vestigio, violentado y descompuesto de aquel flâneur del que se ha
hablado. Es víctima del desarrollo de la vida moderna capitalista. El hombre de
la multitud no se siente en casa en las calle, busca en ellas un última salida
a la decadencia de su mundo.
Por ultimo quisiera decir que este crimen, la
desaparición definitiva del flâneur con el desarrollo de la sociedad moderna
capitalista y sus ciudades implica que la enajenación de la multitud frente a
la cual él mantenía una actitud crítica y el diagnóstico de su condición (la
multitud enajenada, la diferencia de clases, la fascinación por las
mercancías), desaparece también.
Dentro de la dinámica entre lo público y lo privado,
la enajenación es interiorizada por completo en la multitud. Algo que en la
época de los Pasajes todavía responde a una conducta exterior del flâneur
frente a las mercancías. Todo individuo en las sociedades actuales mantiene una
actitud enajenada que la misma ciudad y sus construcciones de exhibición de
mercancías, no sólo en escaparates sino en imágenes reproducidas por los medios
masivos, han logrado interiorizarle y mantenerla como una actitud normalizada.
Bibliografía
Benjamin, Walter, “El París del Segundo Imperio en
Baudelaire”. En Obras. Libro I/Vol. 2. Traducción
de Alfredo Brotons Muñoz. Ábada, Madrid, 2008.
Poe, El hombre de la multitud": En Cuentos completos. Páginas de Espuma, México, 2008; pp. 247-254.
[1] Poe, El hombre de la multitud": En Cuentos completos. Páginas de Espuma, México, 2008p.
248.
[2] Poe, p.
248.
[3] Benjamin,
p.
[4] Benjamin,
Walter, “El París del Segundo Imperio en Baudelaire”. En Obras. Libro I/Vol. 2. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz. Ábada,
Madrid, 2008, p. 123.
[5] Cfr.
“París”, p. 123.
[6] Benjamin,
p. 123.
[7] Benjamin,
p. 124.
[8] Benjamin,
p. 135.
[9] Poe, p.
251.
[10] Poe, p.
252.
[11] Poe, p.
254.
[12] Benjamin,
p. 144.
[13] Poe, p.
247-
[14] Poe, p.
254.
[15] Poe, p.
254.
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